De niño tuve dos héroes: Jesús y Batman. Uno podía caminar sobre el agua y sanar a las personas. El otro saltaba de noche sobre los tejados de Gotham. Para mí era perfectamente lógico: ambos aparecían y, después, algo era diferente.
A los doce años quería ser maestro; a los catorce, actor. A los diecisiete escribí mi primera obra de teatro y la dirigí.
Las respuestas terminadas me aburrían. Las preguntas me perseguían.
¿Por qué un solo gesto transforma una habitación entera? ¿Por qué una persona nos conmueve y otra no? ¿Por qué a veces sucede algo que no podemos explicar?
Estas preguntas se convirtieron en mi profesión. Trabajé como actor, director y docente, primero en Argentina y más tarde en Europa. Pero en realidad todo era una investigación, no sobre el teatro, sino sobre las personas.
Observé, probé, descarté y volví a inventar. Los métodos nunca me interesaron demasiado: suelen surgir de respuestas. A mí me interesan las preguntas.
Con el tiempo comprendí que el escenario se me había quedado pequeño. No por su espacio, sino por su duración: después de dos horas la función había terminado. A mí me interesaba lo que sucedía a la mañana siguiente. Así, los talleres y más tarde las sesiones individuales se convirtieron en mi verdadero escenario.
No soy coach ni terapeuta. Soy artista. Mi taller no está hecho de colores ni de piedra. Mi material son la atención, el cuerpo, la intuición, el humor y el valor de entrar juntos en un territorio todavía desconocido.
El movimiento comienza cuando estamos dispuestos a encontrarnos de nuevo con nosotros mismos.
Hoy me basta con que una persona, después de un encuentro conmigo, llegue un poco más cerca de sí misma. A veces eso se parece sorprendentemente a un milagro.
